martes, 5 de febrero de 2013

EL PIRATEO DE LA SEMANA

¡VAYA CHURRO!
José Manuel Vilabella
Forma un dúo con el chocolate que va más allá de una buena relación laboral, los dos son una pareja de hecho que caminan juntos desde tiempos inmemoriales

Disimulo como puedo mi pasión por los churros, la atracción enfermiza que siento por este postre que aporta el aroma a las fiestas de pueblo y que según aseguran los eruditos es de origen morisco. El churro es la fritura popular por antonomasia y la churrería el lugar donde antaño coincidían los madrugadores que se iban a trabajar con los trasnochadores que venían de regreso; ese sitio donde se cruzaban por unos instantes los bostezos de los trabajadores con los jirones turbios de una amanecida aflamencada y disoluta. El filo de la madrugada, el alba, juntaba al menestral con la señorita ligera de cascos, al honesto padre de familia con el golfo con unas copas de más. El churro forma un dúo con el chocolate que va más allá de una buena relación laboral, los dos son una pareja de hecho que caminan juntos desde tiempo inmemorial.

J. de Candelucus, el ilustre lucense que decapitó a su pesar a María Antonieta, a la mujer que amaba, era un apasionado comedor de churros y los nombra en varios de sus libros y creo recordar que asegura que en el siglo XVII eran el último refugio del hambriento con aires de grandeza, a donde iban a parar los marginados que habían conocido tiempos mejores, ese rinconcillo gastronómico y algo lujoso en el que encontraban amparo los ganapanes tronados y los pícaros que habían prestado sus servicios en cocinas de alcurnia. Deambulaban, los venidos a menos, en torno a las iglesias y salmodiaban su letanía de desdichas con poco arte y cantinela inapropiada: «Señorito, señorito, deme su merced por caridad un maravedí para comprarme un churro».

En quinientos años de historia el churro ha evolucionado poco y es uno de los escasos aromas que ha podido compartir el hombre contemporáneo con don Cristóbal Colón el descubridor de las Américas. Es un olor que se conserva tal cual, un puente por el que circulan cada día una legión de golosos de toda condición. El churro, que es el pariente acanallado del buñuelo, suele ser de lazo y estriado, engorda y se torna en oronda matrona cuando se convierte en porra y se transforma en postre bien vestido y algo hortera cuando el churrero con aspiraciones lo rellena con crema pastelera.

La versión moderna del churro, el tejeringo, es un híbrido que no sabe a qué carta quedarse, un hermafrodita que tiene problemas con su condición ambigua y que según el calibre que le proporcione el artista será un churro orondo o una porra esmirriada. El caballero churrista, el elegante comedor de churros, puede hacerlo por la calle sin que sea un desdoro para su condición de dandi si los porta en un cucurucho de papel de estraza y los consume con desenvoltura y galanura teatral.

Absténganse las personas bien educadas de devorar por la vía pública y a cuerpo limpio muslos de pollo, calamares en su tinta, lacón con grelos y sopa de mariscos. Lo único que permiten las severas normas de urbanidad que se coma por las avenidas municipales y que deberán seguir de forma estricta la gentecita bien son las castañas asadas, los churros y los helados de tutifruti o crema merengada, si lo requiriesen los dichosos calores caniculares. El churro se puede tomar tan ricamente con café con leche, nunca con el té y siempre que se tenga ocasión con un chocolate espeso. El binomio engorda una barbaridad, pero una vez que se cruza la raya roja y se transgrede la norma, qué importa un ciento mal contado de calorías. El chocolate con churros aconsejamos que se consuma alegremente, sin problemas de conciencia, con algo de glotonería. Las dietas, las ensaladas y los sacrificios es bueno que se hagan en la intimidad del hogar y sin alharacas y que al restaurante o a la churrería se vaya con espíritu hedonista y a disfrutar de la vida.

El buen churro, no obstante, está en decadencia y aunque se sirve en innumerables cafeterías suele tratarse de productos espurios, congelados, que vienen acompañados de un triste cacao de elaboración rápida. Qué desgracia. Hay, no obstante, reductos secretos, confiterías recónditas en donde todavía se puede exclamar: ¡Vaya churro! Uno echa de menos los que servían en La Coruña en ‘Bonilla a la vista’ y cuando entra en uno de esos sitios anodinos y pide un chocolate con dos raciones de tejeringos, no le lleva la gula sino la nostalgia. A servidor, que se salta el régimen en homenaje a los dichosos tiempos del ayer, le engorda la melancolía.